Archivo diario: marzo 21, 2010

Imparable Freire

Lluvia, niebla y frío en la cima del Turchino. Es el equinoccio de primavera, también en el ciclismo, sobretodo en el ciclismo, que inaugura un mes monumental. Pero este año no hay sol al otro lado, no se albira la calidez del Mediterráneo, escondido tras las nubes.

Algunos ciclistas no están dispuestos a permitir que ello les empañe la fiesta y pasan a la acción, quizá recordando las hazañas de Coppi hace más de 60 años. No piensa así Filippo Pozzato, líder del Katusha, el equipo que inicia las hostilidades. “Los tiempos han cambiado, los ciclistas actuales no hacemos la vida monacal que practicaban los de aquella época”, dice, al mismo tiempo que se enorgullece de su metrosexualidad y luce un espectácular tatuaje con la leyenda “Only God can judge me”. No hay duda de ello. El equipo ruso, de hecho, aplica su agresiva táctica para evitar el recuerdo de la última edición, una carrera de ritmo lento que permitió al británico Cavendish imponer su inigualable velocidad terminal. Pero el hombre de la Isla de Man no es el mismo que hace un año, ha pasado mal invierno, sin poder entrenar lo necesario por un doloroso problema dental, viene de caerse en la última etapa de la Tirreno-Adriatico y todavía no ha podido realizar ese gesto tan habitual para él que es alzar los brazos tras una victoria. Aun así, impone respeto.

El pelotón se rompe en dos mitades, tras la corta y dura ascensión a Le Maniè, apenas quedan unos 30 corredores en cabeza, situación insólita en la época reciente de la Clasicissima. No dura mucho, el ritmo se modera y el pelotón se reintegra, impás hasta Imperia, a los pies de la Cipressa dónde los equipos de los favoritos, velocistas que suben como los mejores, vuelven a acelerar el ritmo. Cavendish no entra en esa categoría, almenos no este año, y pierde sus opciones. El virado descenso de la Cipressa es para pirados, como el joven Ginanni, que ama a esta carrera por encima de todos y no puede esperar al final para ganar. Su ataque solo servirá para seleccionar definitivamente la carrera, quedan delante otra vez 30 ciclistas y ya no habrá reagrupamiento por detrás. Hay ataques y contrataques de segundas espadas que no sirven para nada, todos lo saben, están ahí para proteger a sus líderes, no para ganar. Sólo el francés Offredo, juventud, ingenuidad, potencia, se marcha en solitario hasta que le cazan en plena subida al Poggio. Introducida en 1960 para evitar los sprints, esta tachuela que da entrada a San Remo cada vez marca menos diferencias. Petacchi y Hushovd lo coronan entre los cinco primeros. Gilbert ha lanzado su ataque de todos los años cerca de la cima, Pozzato a su rueda, sensación de dejà vu. Ginnani lo vuelve a intentar en la bajada y se le une otro loco de los descensos, el liviano Nibali, quién finalmente consigue hacer algo de hueco ya dentro de los dos últimos kilómetros, no va a ninguna parte. Primero Pozzato, que gasta su última bala sin esperar al sprint, y luego el pelotón le alcanzan. Liquigas se recompone y prepara el sprint para Bennati, la volata parece inevitable.

Freire

Y entonces aparece Freire, imparable. Poco se ha sabido de él hasta entonces, siempre en las primeras posiciones, pero escondido. Nada se ha sabido de su equipo. Tampoco hace falta, tras 300 kilómetros sus últimos 300 metros son dinamita para el resto de aspirantes, que asisten impotentes a la exhibición final del fenómeno cántabro. En meta los periodistas italianos, extrañamente sorprendidos, le preguntan por su condición de tapado al único de los participantes que ha ganado la carrera dos veces. Ahora ya son tres, tantas como Mundiales. “Espero que el año que viene me pongais entre los favoritos”, responde Freire, reivindicándose una vez más, haciendo historia una vez más.

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